La Coctelera

MARRASKILO

24 Mayo 2007

ZAINE REKONDO OTRO TESTIMONIO DE TORTURAS

El viaje fue horroroso. Nada más entrar en el coche comenzaron los interrogatorios… Me gritaban al oído una y otra vez, y si no contestaba o no les gustaba mi respuesta, la mujer me golpeaba en la cabeza., en la parte inferior derecha de la cabeza… El hombre se enfadaba mucho y me gritaba
fuertemente. Ordenó al chofer que parara el coche. Me dijeron
que me matarían, que me pasaría lo mismo que a Lasa
y Zabala o que a Zabalza, que hoy en día habían perfeccionado
los métodos para que fuese imposible determinar que habían
sido ellos. De nuevo más gritos, golpes, zarandeos y órdenes
para parar el coche.

Pararon... a un rato volvieron a parar y el hombre
que estaba a mi lado salió al arcén, empujándome.
Yo hacía fuerza para no salir. Volvió a entrar, continuamos,
pero un poco más adelante de nuevo lo mismo... Me empujaban
para que saliese... El hombre que estaba a mi lado abría
de vez en cuando la puerta mientras el coche estaba en marcha, amenazándome con tirarme. Sólo deseaba que tuviéramos un accidente y que la pesadilla terminara…

Nada más entrar en la comisaría me metieron en una
sala y me ordenaron que hiciese flexiones ininterrumpidamente, arriba y abajo, arriba y abajo… Yo no podía más pero Les daba igual, ellos me empujaban hacia abajo y hacia arriba. Me
pusieron una bolsa en la cabeza y me ordenaban seguir haciendo flexiones.
Con la bolsa en la cabeza no podía respirar. Me decían
que cuando quisiera contestar levantara el brazo, pero las respuestas nunca eran de su gusto así que debía contestar mientras tenía la bolsa prieta en la cabeza, y ellos valoraban si
la respuesta les interesaba o no. Al principio me resistía,
agujereaba la bolsa con los dientes o con las manos, y trataba de dar patadas y pellizcos alrededor. Conseguí hacer un pequeño agujero a la bolsa, y me dijeron que la dejarían (la bolsa con el agujero pequeño) para que pudiese tomar un poco de aire. Pero por encima me pusieron una segunda bolsa. De ahí
en adelante me sujetaban los brazos contra la pared, y uno de ellos colocó su rodilla en mi entrepierna, levantándome
un poco del suelo. En esa posición volvían a asfixiarme.
No podía defenderme y aun dejando mi cuerpo muerto me tenían
clavada en el aire contra la pared. No sé cuántas
veces me hicieron la bolsa, no se acababa nunca. En cuanto recuperaba el aliento lo volvían a hacer. Mientras tanto me obligaban a realizar flexiones con la bolsa en la cabeza…

Comenzaron con otra sesión de tortura parecida a la anterior:
amenazas, la bolsa, las flexiones… Debía responder
teniendo la bolsa prieta en la cabeza, y ellos valoraban si la respuesta era “correcta”. Si así lo consideraban, me aflojaban
un poco la bolsa, pero no me la quitaban en ningún momento,
aflojaban para poder entender lo que decía, y si no les gustaba,
volvían a apretarla. Caí al suelo desvanecida en más
de una ocasión, notaba mis piernas dando sacudidas no las
controlaba; pero me levantaban y continuaban igual. Jamás
tenían suficiente, aunque la respuesta fuera de su gusto,
siempre querían más. Cuando ya no podía más
me llevaban al calabozo, pero no dejaban que me sentase o tumbase; debía estar en pie contra la pared… No me daban paz. Venían a por mí y me hacían interrogatorios
interminables, estaban preparando la declaración.

Me hacían contestar las mismas preguntas una y otra vez, entre amenazas, gritos y burlas. Me decían que habían detenido a mi madre y que le harían lo mismo que me estaban haciendo a mí. Sacudían bolsas y venían hacia mí. Me decían que me iban a
poner los electrodos y me mojaban los dedos y la cabeza. Me ponían un palo en las manos, me hacían cogerlo, me preguntaban si sabía para qué era. Me decían que lo utilizarían
para violarme. Me daban el palo muchas veces; en una de las ocasiones me hicieron tocar algo que parecía un pene, estaba húmedo, se burlaban de mí y me decían que lo tocase sin miedo… Estuvimos así hasta que me aprendí bien las respuestas
a todas las preguntas.

En el calabozo debía estar en pie. No podía más, en pie en el calabozo, de cara a la pared, me balanceaba. No me dejaban apoyarme en la pared, no podía tocarla. Se me iban los ojos, la cabeza, el cuerpo. Al final uno de ellos me dijo que podía sentarme en la cama. No podía sostener mi cabeza, y el cuerpo se me caía. Tuve alucinaciones. Las paredes se movían, se venían la una encima de la otra, el suelo se levantaba, se movía, tomaba diferentes alturas... Esto me causaba pavor. Veía gusanos blancos, arañas… en el suelo y subiendo por las paredes... Hasta ese momento y en todos los interrogatorios, durante las sesiones de tortura, cuando estaba en el calabozo… había un hombre que respiraba ruidosamente. Cuando estaba en el calabozo, me llamaba y respiraba
ruidosamente. Sentía el pánico hasta las entrañas,
prefería que me gritase. Este mismo hombre estaba ante mí
en la declaración, respirando ruidosamente… Comenzaron
a tomarme la declaración, aunque yo no quería, estaba
declarando contra mi voluntad. Decían que si declaraba me
dejarían en paz. No quería otra cosa.

Terminamos con la declaración y me llevaron de nuevo abajo. “Muy bien” dijeron, “ahora te traeremos un café con leche y un croissant, y descansas”. Me metieron en el calabozo, me ordenaron estar en pie contra la pared, y cerraron la puerta. Era todo mentira. Nada más cerrar la puerta, la volvieron a abrir y entraron de forma violenta. No tenían suficiente con la declaración, querían más. Me sacaron del calabozo con los ojos tapados y me llevaron por los pasillos hasta una sala. Por el camino pude oír muchos ruidos, paraban y hacían como que me iban a tirar… Me colocaron en pie en medio de la sala, estaba rodeada. Uno me ordenó que me desnudara. Me negué. Me quitaron la chaqueta y tiraban de mi camiseta y de mis pantalones, me ponían el palo en las manos. Me tiré contra la pared, gritaba mientras trataba de sujetar mi ropa. Ellos se reían de mis gritos y lamentos. Pensaba que me violarían. De repente uno de ellos dijo que yo tenía frío y que trajeran una manta. Trajeron la manta y me envolvieron el cuerpo ajustadamente. Desde el cuello hasta las rodillas o algo más abajo.

Me apretaban fuertemente con la manta al cuello, y respiraba dificultosamente, me ahogaba. No podía defenderme, tenía los brazos atados fuertemente al cuerpo. Dijeron que con una manta no tenía suficiente y me envolvieron con otra. Después con una tercera manta. Estando envuelta en tres mantas, me pusieron la bolsa en la cabeza. Metían la bolsa por debajo de las mantas, y la apretaban con las mantas. Trajeron un sofá y me colocaron en él medio tumbada. Me abrieron las piernas y colocaron un palo en mi entrepierna. En esa posición, debía
responder. A veces soltaban un poco las mantas para poder entender mi respuesta pero las apretaban de nuevo enseguida. Me echaban sobre el regazo algo que estaba templado. Podía notar la tibieza, el calor, a través de las tres mantas. No supe qué era, pero me producía asco. No controlaba mi cuerpo, mis
piernas se movían solas. Ni siquiera ellos podían saber si respiraba o no. Pensé que no saldría viva. Necesitaba ir al baño, pensaba que me iba a hacer de vientre encima; entonces me dijeron que si vomitaba o me cagaba, debería comérmelo…

Vinieron de nuevo a por mí. Me llevaron a la misma sala. Había mantas en el suelo. Me pusieron en medio de la sala, tenía la sensación de estar rodeada. En este interrogatorio eran todos “malos”... A uno el aliento le olía a alcohol. Me dieron ganas de vomitar. Amenazas continuas, agitaban las bolsas a mi alrededor y me decían que cogerían de nuevo las mantas. Fue aterrador. Era una pesadilla, estaba atrapada en el fondo del túnel negro y no le veía salida... De nuevo al calabozo. Notaba gente en el calabozo de al lado, pero yo no quería oír nada. A ratos oía gritos, no quería creer que lo que me estaban haciendo a mí se lo pudieran estar haciendo a otra persona. Me tapaba con fuerza los oídos y cantaba. Entraron violentamente de nuevo a por mí. No tenía fuerzas para ponerme en pie, me mareaba. No quería salir de allí. Sentada en la cama, me agarré
con fuerza a la pared. Lloraba y gritaba. No me sentía bien
y estaba asustada. Me hicieron el interrogatorio allí mismo,
estando en pie contra la pared. Me amenazaban ininterrumpidamente, sobre todo con mi madre... Me llevaron al servicio, estaba fuera de mí; de nuevo al calabozo y me dejaron sola.

De ahí en adelante me hicieron interrogatorios muy largos.
Casi sin descanso. Interrogatorios plagados de amenazas, gritos, insultos… Si no contestaba me gritaban al oído o me
zarandeaban… Apenas tenía fuerzas para contestar, me
salía un hilillo de voz y se enfadaban mucho, obligándome
a responder más alto… A menudo me acariciaban. Esto
me resultaba repulsivo, prefería que me zarandeasen o que
me pegasen...

Relato extraido de izaro news.
esta detencion se produjo en el 2005.

servido por marraskilo 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

mugaz

mugaz dijo

Se me ponen los pelos de punta de leer esto. Desgraciadamente estas situaciones las he tenido bastante presentes en mi entorno. Cuanto hijo de puta suelto y que pocas balas !!!!! TORTURARIK EZ

25 Mayo 2007 | 12:20 AM

marraskilo

marraskilo dijo

Cualquiera que tenga alguna relacion con gente de la izkierda abertzale conoce casos de primera mano, eso si, hay casos mas graves que otros, pero a fin de cuentas todos son silenciados.

26 Mayo 2007 | 04:21 PM

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