Otra de militares y de pikoletos (sease guardia sivil)
«Salieron como locos. Si nosotros éramos unos diez, teníamos a cinco de ellos por cada uno. Empezaron a insultar, a empujar, a golpearnos...». Dos jóvenes de Arguedas fueron detenidos y llevados al cuartel de Valtierra. Tras cinco horas que pasaron esperando declarar ante el juez, fueron puestos en libertad. Les acusan de «desobediencia grave a la autoridad».
Estos incidentes no trascendieron a los medios de difusión. «Diario de Navarra» habló de «un incidente puntual», y algún medio aragonés también lo mencionó, pero ni fuentes policiales, ni agentes políticos ni los convocantes de la marcha se pronunciaron.
Amenazas de muerte
V.R.M. cuenta que él era uno de los que había acudido en busca del coche. Cuando volvió a por sus compañeros, presenció un gran despliegue de militares y guardias civiles, que retenían al grupo de diez o doce personas que él había dejado allí. Relata a GARA que los agentes forcejeaban con una chica, que varios de sus amigos corrían intentando escapar, otros que se hallaban en el suelo... «Vinieron a por mí, y me pidieron los papeles del coche. Después me gritaron que no querían verme más allí, que si volvían a verme en las Bardenas me iban a matar», relata este joven de Valtierra. Añade que «yo era el único que veía lo que estaba pasando. A mis compañeros les tenían como en un círculo, mirando hacia fuera y al suelo, y les iban dando cachetazos. Les cortaron las rastas con un puñal, riéndose de ellos...».
V.R.M. regresó para dar el aviso, y se muestra agradecido con los miembros de la plataforma que llegaron desde Ejea de los Caballeros, en Aragón, ya que le acompañaron de vuelta al lugar. Por el camino recibió la llamada de uno de sus amigos indicándole que los habían deja- do. Una vez con ellos, acompañó a tres hasta el hospital.
Uno de ellos, Sergio, también vecino de Valtierra, relata que «estábamos esperando el coche que nos tenía que recoger, cuando de repente escuchamos una orden de salida desde la base, y salieron de allí un montón de coches, corriendo a saco donde nosotros. Yo estaba con mi chavala, y empezaron a empujarla, a registrarnos... Nos quitaron hasta las zapatillas, cortando las correas. Nos tuvieron de rodillas, y nos daban porrazos en la cabeza, patadas con las botas de punta de acero... No podías decir nada, y te daban tanto por hablar como por callar. A mí me cortaron una rasta».
Trato vejatorio
Sobre las lesiones, explica que «se preocuparon de no reventarnos la cabeza, y no dejar marcas. Yo tengo un moratón en la espalda, y me duelen las rodillas, los tobillos...». Tres han presentado el parte médico junto con la denuncia que interpusieron ante la Policía Foral. Otros cuatro también presentaron denuncias, aunque no pudieron acreditar las agresiones por no tener marcas visibles.
Uno de ellos, Alberto, explica que estaban sentados cuando vieron que venían a por ellos. Echaron a correr. Ya alcanzados, empezó el infierno: «A algunos empezaron a identificarnos, pero a otros directamente les daban. Te pegaban con la mano abierta, te pisaban los tobillos... Me quitaron los calcetines y los metían en el barro, gritaban que éramos unos mierdas... Nos trataron como a perros».



antonio dijo
MARRASKILO: se han ido y se sigue yendo, lee:
Desde el año 1985, al menos 200.000 vascos como el catedrático Francisco Llera han abandonado la comunidad por la presión de la banda y el nacionalismo Uno de cada diez afirma que haría lo mismo si pudiese.
Cada día, en algún pequeño pueblo de Álava, o en alguna de las ciudades industriales de Vizcaya o Guipúzcoa, una familia, una persona, hace las maletas para no volver jamás a la tierra que le vio nacer. No se van en busca de trabajo, o porque el húmedo clima del norte agrave los problemas de sus reumáticas articulaciones. Se van, sencillamente, para poder seguir viviendo, para no acabar pagando con su propia existencia el tributo de no pertenecer a la «tribu» de los nacionalistas más violentos, de los acólitos de Eta. De la propia banda, en una palabra.
El mecanismo de esta «limpieza étnica» es casi un ritual para las víctimas: se empieza con insultos, pintadas, vacio de los vecinos; y se acaba con un coche calcinado, un «cóctel molotov» en casa o, en el peor de los casos, en una lista de un «comando». Sólo queda la marcha.
El último «famoso» en marcharse ha sido Francisco Llera, director del Euskobarómetro y profesor en la Universidad del País Vasco, para quien dar clases se había convertido en un verdadero suplicio. «Me empujan los más zafios del país, los matones del pueblo», dice.
24 Junio 2008 | 09:24 PM